Pilar Mateos

Los niños modelo

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Los niños modelo

Hace cien años que nació Pinocho en las páginas del "Giornale per i bambini"; sus lectores le acogieron con tanto entusiasmo que cuando Colidi interrumpió temporalmente su colaboración llovieron al periódico las cartas de protesta.

Lo que los niños no sabían era que Pinocho les estaba haciendo a ellos un sitio en su propia literatura; que estaba rompiendo los moldes del niño bueno y del niño malo para hacer, con los dos, un niño de verdad.

Tampoco lo supimos nosotros, muchos años más tarde, ni nos atrevimos a esperarlo en la larga infancia de la posguerra; porque "El Juanito" también había nacido en Italia, como culminación y síntesis de una literatura infantil a la que Carmen Bravo Villasante ha llamado "hijo monstruoso de la pedagogía". Y "El Juanito tuvo hijos y más hijos que crecieron implacablemente con nosotros: Los niños bieneducados de la inmaculada viñeta, con su pupitre en orden y sus relucientes zapatos, frente a la horrible viñeta del niño malo que tenía su pupitre, ay, tan desordenado como el nuestro. Y por si fuera poco Juanito no estaba solo, guardando la compostura en las visitas y en el templo, sino acompañado de todos los mártires cristianos que nos impartieron refinadas lecciones de sado-masoquismo; aquel plantel de víctimas y santos enseñándonos a ser víctimas y santos. Y, más o menos, todos queríamos irnos con santa Teresa a que los moros nos cortaran la cabeza, porque era un medio mucho más viable de perfección que tratar de imitar a aquellas ejemplares criaturas que nos señalaban con el dedo en cuanto abríamos las impacientes páginas de un libro, que bien podía ser un libro del padre Coloma: "Fridolin el bueno y Terry el malo", tan sugestivo por otra parte. Y Fridolin, de nombre tan musical, tan obediente él, tan piadoso, tan caritativo, iba a alcanzar no sólo la salvación eterna, sino también toda la felicidad y la honra de este mundo. En tanto que Terry, el descarriado, por si no tuviera suficiente con la condenación del alma, terminaría sus días en la cárcel. Y los niños de los cincuenta sabíamos muy bien que en la cárcel sólo estaban los malos, y que todos los malos estaban en la cárcel; garantía de un mundo limpio y claro, perfecto, por el que podíamos circular sin temor.

Cabe plantearse si el niño necesita para su afirmación una visión maniqueista de la vida. Yo he oido preguntar a alguno, ansioso de recuperar su equilibrio ante una situación conflictiva, "bueno, ¿pero quién es el malo?". Y a lo mejor los psicólogos dicen que si, que la necesita  en sus primeros años como la humanidad en sus primeros tiempos. O a lo mejor dicen que no; que el niño se fustra y pierde su autoestima ante la imposición de un modelo inimitable. O que las dos cosas; según y cómo.

El caso es que a nosotros no nos dieron otras opciones. Y nadie nos dijo que en 1877 Mark Twain, tan harto como nosotros, había escrito dos artículos con paradójicos finales, en los que el niño bueno era infortunado y fracasaba, y al niño malo todo le salía bien. Hasta que al fin descubrimos que al niño, el niño de verdad, Tom Sawyer, estaba recorriendo el mundo en globo desde hacía muchos años; y le robamos las uvas al ciego con El lazarillo de Tormes; y toda una generación de chavales se proscribió valientemente con Guillermo.

Pero no fué tan fácil; y las chicas lo tuvimos aún más difícil. "Antoñita la Fantástica" se parecía demasiado a nosotras, sufría nuestras mismas limitaciones; y a Celia sencillamente nos la vetaron. Porque ella si era la pura subversión de la infancia, como Guillermo; el mundo distinto, la no integrada. Y para cuando pudimos seguir sus pasos, descubrimos con desconsuelo que su camino y el nuestro terminaba a los quince años con "Celia madrecita". La niña y la mujer reducidas al orden, sentenciadas, devueltas después del juego a su verdadero papel.

Pero esta ya es otra historia. Por un tiempo luminoso Celia habitó la literatura infantil con su imaginación en libertad. Y detrás de los cabecillas, porfiando en la acalorada carrera con Ton y Guillermo, los niños irrumpieron alegremente en su literatura, se erigían en protagonistas de sus propios libros. Y ya iba a ser muy difícil pararlos.